Aniversario luctuoso 40 de Juan Rulfo, el autor que habló desde el silencio

El 7 de enero de 1986 murió Juan Rulfo, pero en la literatura mexicana su voz nunca se apagó. A cuatro décadas de su fallecimiento, sus historias siguen leyéndose como si hubieran sido escritas ayer, con personajes que parecen susurrar desde pueblos polvorientos donde el tiempo no avanza y la memoria pesa.
Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno nació el 16 de mayo de 1917 en Sayula, Jalisco. Su infancia estuvo marcada por la violencia de la Revolución y la Guerra Cristera, así como por la pérdida temprana de sus padres. Ese entorno dejó huella en su obra: soledad, abandono, muerte y silencio aparecen una y otra vez, sin rodeos ni adornos.
Rulfo no fue un autor prolífico, pero tampoco lo necesitó. Publicó El Llano en llamas en 1953, un libro de cuentos que retrata la vida rural con una crudeza directa, sin explicaciones de más. Dos años después apareció Pedro Páramo, su novela más conocida y una de las más influyentes de la literatura en español. Con ese libro bastó para marcar a generaciones enteras de lectores y escritores.
En Pedro Páramo, Rulfo rompió esquemas: mezcló voces de vivos y muertos, desdibujó el tiempo y construyó Comala, un pueblo que no es solo un lugar, sino un estado del alma. Ahí, el lector entra sin darse cuenta y ya no sale igual. No por nada Gabriel García Márquez dijo que después de leerla supo cómo debía escribir Cien años de soledad.
Su importancia radica en la forma en que contó historias: sin grandilocuencia, sin moralejas, dejando que el lector arme el rompecabezas. Rulfo escribió sobre México, pero no desde el discurso oficial, sino desde lo que se calla, desde lo que duele.
Entre sus frases más recordadas está: “No oyes ladrar los perros”, que da título a uno de sus cuentos y resume esa espera eterna que atraviesa su obra. Otra línea que se repite como eco es: “Porque nos mataron los murmullos”, donde queda claro que en sus historias el silencio también habla.
Juan Rulfo murió en la Ciudad de México a los 68 años. No buscó reflectores ni fama. Escribió cuando tuvo algo que decir y se hizo a un lado. Hoy, sus libros siguen pasando de mano en mano, en escuelas, ferias y casas donde alguien los abre por curiosidad y termina atrapado.
Rulfo demostró que no hace falta escribir mucho para decirlo todo. A veces basta una voz baja, bien puesta, para que dure toda la vida.






