La Semana Santa de este año comenzó marcada por una intensa carga simbólica y un escenario internacional convulso que inevitablemente se filtró en las celebraciones religiosas. En Roma, el papa León XIV abrió su primera Misa de Domingo de Ramos con un mensaje que trascendió lo litúrgico para situarse en el debate global sobre la violencia y el uso de la fe en contextos de conflicto.
Mientras miles de fieles llenaban la Plaza de San Pedro, en Jerusalén las restricciones de seguridad obligaban a suspender procesiones históricas, recordando que la realidad geopolítica sigue influyendo en los ritos más antiguos del cristianismo. En medio de este contraste —entre celebración y tensión, entre tradición y crisis— el Pontífice colocó en el centro una advertencia contundente: la religión no puede convertirse en argumento para la guerra.
León XIV retomó la figura de Jesús como “Rey de la paz”, evocando episodios del Evangelio como el de Pedro desenvainando la espada, para recordar la incompatibilidad entre fe y agresión armada. Citó también al obispo pacifista Antonio Bello, reforzando su llamado a deponer las armas y reconocer la fraternidad humana incluso en tiempos de conflicto.
Mientras en el Vaticano se mantuvieron los ritos tradicionales, el clima global impactó directamente en Tierra Santa. En Jerusalén, la peregrinación de Cuaresma fue suspendida por motivos de seguridad y el patriarca Pierbattista Pizzaballa confirmó que diversas celebraciones emblemáticas debieron ser modificadas, lo que evidenció nuevamente cómo la inestabilidad regional condiciona la vida religiosa.
La jornada estuvo marcada además por el simbolismo litúrgico: el Papa participó de la procesión en la plaza vaticana, acompañado por cardenales, obispos y cientos de sacerdotes. Las tradicionales palmas —incluidas las palmas fénix donadas por el Camino Neocatecumenal y los palmurelli artesanales— fueron bendecidas antes de la Eucaristía. Durante la homilía, León XIV meditó sobre la mansedumbre de Cristo frente a la violencia del mundo, afirmando que en las llagas del Crucificado se reconocen hoy las heridas de todos los que sufren guerra, enfermedad, desolación o abandono.
Con un llamado final a la compasión y la renuncia a la violencia, el Papa consolidó así el eje que guiará su primera Semana Santa: la fe no se arma; la fe construye paz.

